Por: Diego Pedraza

 

 

Por miedo     

 

Era la frase que se repetía, sin embargo, podría llegar a jurar que esperaba algo más. Quizá, era sólo una excusa para que se esforzara aún más. ¿Era una prueba? Ya no podría saberlo. Mario Benedetti y su “táctica y estrategia” habían sido insuficientes, o llegaron tarde, es una triste posibilidad. “Tengo miedo”, “hacerme y hacerte daño”, las frases empezaban a sonar hipócritas a medida que recordaba el hermoso rostro del joven que las pronunció. Sonrió tristemente al reconocer que era egoísta, pero se reconfortó al reconocer también que el amor lo es en parte. Acaso, ¿todo lo que sucedió fue real?

 

Las botellas de Smirnoff apiladas a los pies de la cama, parecían contemplarle, como si se sintieran culpables de haberle puesto en ese estado. El suelo estaba frío. “Afortunadamente - pensó, - las alfombras existen”. Eva Amaral no ayudaba mucho en permitir la lucidez de Antonio, pero si le brindaban posibilidades fantásticas de actuar frente a el dolor que llegaba a sentir, y que de manera escabrosa se alternaba con arranques de esperanza y alegría, producto de los recuerdos. Afortunadamente, o desafortunadamente, era una canción más entre tantas que tenía en su lista de reproducción. Siempre agradeció a la música el ser su compañera infalible.

 

Quizá es que no se amar”. Buscarle explicaciones a algo que es inexplicable, en muchos sentidos, es una tarea absurda, pero le permitía distraerse. “No quiero que me lastimen de nuevo, quizá el miedo…” Recordó sus palabras con lágrimas en los ojos como contemplando una luz de esperanza, pero no pudo evitar reconocer que la fuerza de voluntad de Julián era más fuerte que la suya. Se sentía vulnerable, pero debía permitirse sentir en algún momento; lo necesitaba. Algo de lo que sentía le sonaba familiar en algún lado:

 

And I never found you on the ground

And I’ve never made a sound

‘Cause you are much too busy being free, no time to be with me

 

Ah, por supuesto, On the Ground de Eskobar. Eso tampoco ayuda.

Al punto de estar cansado de dormitar con los ojos dolorosamente enrojecidos, intentó levantarse. “…me impida estar contigo”. La cabeza le dio vueltas y tuvo que sujetarse de la silla para no caer de espaldas en el piso, casi sintió el golpe en las costillas. Pero ya nada importaba en realidad.

 

Con una mirada rápida, como si de esa manera pudiera abrir la puerta, recorrió la estancia al escuchar el timbre. No esperaba a nadie, o sí lo hacía, pero era a la única persona que esperaba que fuese con la seguridad de que nunca iría. Quiso ignorar el insistente sonido ring ring, pero le fue imposible, después de todo, el licor que había consumido no le fue suficiente al organismo para dejarlo abstraído del mundo, hasta al día siguiente. Debió tomar más.

 

Apenas medio sosteniéndose de lo que podía procuró llegar a salvo a la puerta, recorrido en el cual algunas de estas ayudas terminaron en el suelo. No había de qué preocuparse, podría recogerlas o botarlas luego.

 

Preparó la peor cara que tenía - que no era difícil, puesto que se caracterizaba por demostrar lo que sentía fácilmente - para abrir la puerta. Quizá una ráfaga de aire frio acompañado de una brutal sesión de baño con agua cuasi congelada hubiesen aminorado el vuelco que le dio el corazón al abrirla. ¿Cómo olvidar las prematuras entradas de calvicie, que en su cabeza acentuaban lo gracioso de su porte; el cabello con rayitos artificiales y ridículos, que parecía tejido cuidadosamente con  hilos dorados; la sonrisa grande y perfecta, a la que sólo le restaba elegancia, mas no encanto, el amarillo incipiente de sus dientes, o la barba de días por la que muchas veces deliró en sueños; o los voluptuosos labios que, en los amorosos forcejeos llegaron a rivalizar con la pasión que despertaban los propios, y que él, Julián, aceptó de buena gana morir por ellos?

 

Como Santa Teresa, al desear morir en éxtasis a manos del ángel, Antonio deseo que su graciosa aparición, le tomara la vida de una vez por todas, sin explicaciones ni razones. Finalmente entendió que no se merecía sufrir tanto. La graciosa aparición no lo era más. Julián, en el umbral de la puerta producía en Antonio una extraña combinación de alegría y desconcierto, de tristeza y delicia, dolor y placer. Deseó abrazarlo, retenerlo, besarlo, cuidarlo, protegerlo; “el miedo no es obstáculo”, le encantaría repetir. Pero el rostro inexpresivo de Julián no le permitía hablar. ¿Tan ebrio estaba que no le permitía distinguir los perfectos rasgos de tan hermoso ser?

 

Sin embargo, el rostro de Julián cambió. Las lágrimas brotaron de sus ojos, como los poemas más hermosos. “Miedo”. Era su aparición graciosa la forma más bella que había contemplado hasta el momento. Y en un segundo, sus cuerpos se encontraron para recibirse el uno al otro, y dejar el miedo atrás.

 

De repente, la cálida sensación que invadía su cuerpo como una fiebre benévola fue opacada por un dolor en el costado, al momento en que Julián le abarco la cintura con sus brazos. Como una especie de niebla, el rostro del gracioso Julián se fue dispersando, a medida que el dolor en el costado se hacía más intenso. Lucho por incorporarse y encontrar de nuevo el cuerpo del amado, pero se sentía impotente, sus brazos no le respondían, y el dolor no lo dejaba moverse como alguien razonablemente ebrio podría hacerlo.

 

A medida que su viaje hacia el suelo llegaba a su fin, el vértigo fue condicionando el cuerpo para ser despertado de golpe. Zarandeó el brazo hacia el frente solo encontrando golpearse con la silla que fuera su aparente apoyo al levantarse, y que, ahora estaba en el suelo, junto con él. El dolor en el costado le hizo girar, para darse cuenta que estaba sobre las botellas cómplices de su inocentada. Algunos cristales rotos, y sangre emanando de su costado. Alcohol en la sangre, y algunos cristales también en su cuerpo. Afortunadamente el sueño no duró mucho.

 

Al terminar la semana, las heridas ya habían sido tratadas. Aunque en realidad, la más importante de todas estaba empezando a sanar.

 

 

 

Él Loco