Por: Diego Pedraza

 

 

IGUANAS ROJAS

 

I

 

 

O los pajarillos estaban más excitados que de costumbre, o sus oídos estában más atentos a la felicidad que él creía que andaba en el aire. Decidió no arruinarse el despertar con filosofadas innecesarias, puesto que hoy era un excelente día. El chico de sus sueños estaba programado en una cita para este día, lo que le hizo pensar que quizá el cantar extasiado de las avecillas era su imaginación inflamada de amor y paz. De nuevo desechó los pensamientos sobre cosas sin importancia.

Finalmente se había armado de valor y le había entrado a hablarle a Andrés de una vez por todas, tragándose el miedo que le impidió muchas veces entrar en contacto con él. Fue la peor de las sensaciones, pero el sabor de boca que le quedó al darse cuenta que Andrés le correspondía fue sencillamente de lo mejor. Habían pasado el estadio de las miradas furtivas y descaradas, a la parte del contacto cara a cara exitosamente. Tanto, que le era curioso a Guillermo recordar cómo le había abordado.

- “Hola”

- “Hola, Guillermo…”

- “Hola, estaba buscando libros sobre Grupos y Dinámicas…”

- “Están en la estantería de Sociología, ésta es la de Psicología”

- “Bien, muchas gracias…”

- “Tengo unos acá que acabo de revisar, si quiere los puede mirar. Quizá le sirvan”

- “Gracias”

Después, todo fue más fácil. Aunque se reprocha el haberlo abordado en la biblioteca de la universidad, no importa; lo que realmente era importante, es que finalmente habían sido sinceros el uno con el otro.

Debían verse a las 10:00 a.m. en el centro comercial. Andrés le pidió que le acompañara a comprar algunas almohadas y a pagar cuentas que estaban por vencerse. Cualquier situación era la excusa perfecta para encontrarse y disfrutar el uno de la compañía del otro. Además hoy sería un día especial. Guillermo por fin manifestaría su deseo de formalizar la relación, esperanzado en que las cosas mejoraran. Guillermo era todo un soñador.

-“¿Le gustan las iguanas?”

-“Si”

-“¿y eso?

- “Un grupo al que pertenecí tenía ese nombre, y me quedó gustando”

-“Interesante”

-“¿Cuál es tu animal favorito?”

- “El murciélago”

- “No creo que hayan peluches de esos animales. Estoy buscando por todas partes uno de una iguana”

- “Pues yo me hice un muñeco de un murciélago”

- “Bien, creo que mis esperanzas de encontrar un peluche de una iguana han revivido”

- “Podría ser que alguien le regale uno que haya hecho con sus propias manos”

- “Si son de las tuyas, sería un regalo muy bonito”

- “Sea. Pero sin presiones”

- "Bien, te lo prometo”

 

II

10:15 a.m.

El ceño fruncido y la cara desfigurada de la preocupación eran perfectos para la situación. El corazón le latía afanosamente mientras deseaba que el ruido no viniese del lugar del encuentro. La preocupación no era de ningún modo a causa de su llegada tarde.

La lluvia cae mientras el líquido escarlata se encuentra con ella en el suelo. Puede ser que sea un sueño, tal cantidad de gritos no pueden ser reales. El centro comercial estaba hecho un caos. Tuvo un arranque de risa, que logró ahogar. La situación no estaba para bromas. Aunque tenía la duda de que si aún estaba soñando, y la emoción de ver a Andrés de nuevo le estaba jugando malas pasadas,  el hecho de divisar una pequeña cosa verde, manchada del mismo escarlata que tinturaba la lluvia supo que había despertado hacía unas cuantas horas. Los gritos ya no eran tan irreales, dado que quiso unir el propio a los que ya estaban llenando el ambiente. Sintió una mano fría que le agarraba el brazo.

- ¿Qué está haciendo acá? Es peligroso.

El súbito contacto con otro ser humano lo sacó de sus cavilaciones.

- ¡Que se mueva! – Le terminó de gritar el otro.

Se limitó a mirar al policía que le empujaba, como esperando que éste también le ayudara a encontrar que decir. No podía articular ninguna palabra con sentido. Quería llorar. Sin embargo, sólo se limitó a señalar la cosita roja tirada en el suelo, cubierta además de sangre, de escombros y tierra.

-¡Váyase de acá! – Fue lo único que le contestó el policía.

Ahora, además de los gritos y lamentos de las personas, estaban las sirenas de las ambulancias y los pitos descontrolados del trancón. Sin duda, la explosión había traído el caos.

 

- “Que linda. Gracias”

- “De nada”

- “Ahora necesito otra cosa”

- “¿Qué?”

- “Que me regales un beso”

-“Bien, pero a cambio quiero un beso también”

- “Todo por los besos que quiero yo. Por no decir por los que muero yo”

-”Bien. Me alegra que le haya gustado la iguanita”

-“Está muy bonita…”

 

Mientras corría entre los policías, todo le parecía una completa mentira, o quizá no había llegado a probar el límite del dolor humano. Siempre pensó que lo podría soportar. Le atribuyó a su soledad un poder que ella aún no tenía, no lo podría abstraer de situaciones como esa. Aunque estos pensamientos le llegaban como ráfagas, lo único que tenía en mente era encontrarse con una buena noticia, así la realidad estuviera confabulada en mostrarle que estaba equivocado.

No estaba muy lejos de la pequeña criaturita ficticia antaño verde que él mismo había creado. Estaba cerca de su mano. “La trajo El peso del dolor pudo haber sido el que doblegara su soberbia, y le hiciera arrodillarse. Pensó que quizá no era su mano. Quiso pensarlo, pero  de nuevo la realidad le golpeó el rostro. Ya era demasiado, concluyó. Se limitó a esbozar una sonrisa y a sujetar la mano lastimada y sucia del inerte Andrés. Pero antes que pudiera llegar a tocarla, fue sacado del lugar por dos gendarmes bastantes alterados y molestos. Le hubiese gustado sentirlo por última vez, pero no opuso resistencia. Ya era demasiado.

Afortunadamente, no llegó a soltar su iguanita roja. Le había gustado.

 

 

Él Loco