Sin título

Se perdió en el tiempo, y quizá aún en el espacio. No estaba seguro de que fuese cierto, sin embargo podía sentirlo perfectamente. El vacío estomacal lo decía todo cuando estaban juntos. Él no, claro. Los otros dos: bina de la cual hacía parte el chico por el cual los vistazos se transformaron en miradas dulces, pero escondidas; y al que abrazar se convertía en una odisea de pasiones casi infinitas, y que tristemente sólo había hecho una vez. La distancia era su defensa. La ira era un escudo impenetrable, más no infalible: no lo protegería de una desgracia infalible, su propia soledad. ¿Lo amaba? ¡No lo pienses! ¡No lo digas!, sólo limitarse a sentirlo.

 

Como gritos sin sonido, sólo muecas, de las cuales se ríe y no se atienden. Señales que no llegan a ninguna parte, que no llegarán a ninguna parte. Ahora es demasiado tarde: ha construido una prisión de la que no puede ser rescatado sino por él mismo. Maldición auto impuesta. Pero queda un consuelo, la vaga felicidad pasa por algunos, mientras soslaya a los demás, a unos pocos, a él. La bina, feliz, la unidad, ¿sola? No, egoísta.

 

Él Loco

 

 

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