
"Cuánto más reeflexionamos sobre ello, más nos atrevemos a comparar la Homosexualidad con la Poesía. La Homosexualidad es a la sexualidad
(normal) lo que la Poesía es al lenguaje corriente. El estado del (hombre) homosexual es parecido al estado poético. La poesía, como la Homosexualidad, se libera de las contingencias habituales y
adquiere leyes específicas. Ella misma es su mística y es su caridad. Lo que el poeta ve, lo que ve el homosexual, no pueden verlo los ojos de los que no son poetas ni
homosexuales."
LUCIEN FARRE
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Conversación
- tun tun!!! |
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- a la orden |
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- eem buenas por favor diego |
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- hahaha |
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- no está |
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- creo que salió a correr |
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- a correr? |
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- :-O |
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- creo que le escuche que iba a ver si el corazón se le caía de tantos golpes |
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que disque de pronto una piedra en ese lugar le funcionaría mejor |
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entonces |
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como que se fue a buscarla |
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Le gustan las piedras bonitas |
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entonces quizá se demore en encontrar una |
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o quizá tanto le duele el corazón |
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que se quede dormido |
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o quizá se duerma porque quiere |
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o quizá porque no quiere sentir más |
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Quizá no vuelva...siempre quiso ser libre |
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o quizá regrese |
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tenía espíritu masoquista |
Él Loco
IGUANAS ROJAS
I
O los pajarillos estaban más excitados que de costumbre, o sus oídos estában más atentos a la felicidad que él creía que andaba en el aire. Decidió no arruinarse el despertar con filosofadas innecesarias, puesto que hoy era un excelente día. El chico de sus sueños estaba programado en una cita para este día, lo que le hizo pensar que quizá el cantar extasiado de las avecillas era su imaginación inflamada de amor y paz. De nuevo desechó los pensamientos sobre cosas sin importancia.
Finalmente se había armado de valor y le había entrado a hablarle a Andrés de una vez por todas, tragándose el miedo que le impidió muchas veces entrar en contacto con él. Fue la peor de las sensaciones, pero el sabor de boca que le quedó al darse cuenta que Andrés le correspondía fue sencillamente de lo mejor. Habían pasado el estadio de las miradas furtivas y descaradas, a la parte del contacto cara a cara exitosamente. Tanto, que le era curioso a Guillermo recordar cómo le había abordado.
- “Hola”
- “Hola, Guillermo…”
- “Hola, estaba buscando libros sobre Grupos y Dinámicas…”
- “Están en la estantería de Sociología, ésta es la de Psicología”
- “Bien, muchas gracias…”
- “Tengo unos acá que acabo de revisar, si quiere los puede mirar. Quizá le sirvan”
- “Gracias”
Después, todo fue más fácil. Aunque se reprocha el haberlo abordado en la biblioteca de la universidad, no importa; lo que realmente era importante, es que finalmente habían sido sinceros el uno con el otro.
Debían verse a las 10:00 a.m. en el centro comercial. Andrés le pidió que le acompañara a comprar algunas almohadas y a pagar cuentas que estaban por vencerse. Cualquier situación era la excusa perfecta para encontrarse y disfrutar el uno de la compañía del otro. Además hoy sería un día especial. Guillermo por fin manifestaría su deseo de formalizar la relación, esperanzado en que las cosas mejoraran. Guillermo era todo un soñador.
-“¿Le gustan las iguanas?”
-“Si”
-“¿y eso?
- “Un grupo al que pertenecí tenía ese nombre, y me quedó gustando”
-“Interesante”
-“¿Cuál es tu animal favorito?”
- “El murciélago”
- “No creo que hayan peluches de esos animales. Estoy buscando por todas partes uno de una iguana”
- “Pues yo me hice un muñeco de un murciélago”
- “Bien, creo que mis esperanzas de encontrar un peluche de una iguana han revivido”
- “Podría ser que alguien le regale uno que haya hecho con sus propias manos”
- “Si son de las tuyas, sería un regalo muy bonito”
- “Sea. Pero sin presiones”
- Bien, te lo prometo”
II
10:15 a.m.
El ceño fruncido y la cara desfigurada de la preocupación eran perfectos para la situación. El corazón le latía afanosamente mientras deseaba que el ruido no viniese del lugar del encuentro. La preocupación no era de ningún modo a causa de su llegada tarde.
La lluvia cae mientras el líquido escarlata se encuentra con ella en el suelo. Puede ser que sea un sueño, tal cantidad de gritos no pueden ser reales. El centro comercial estaba hecho un caos. Tuvo un arranque de risa, que logró ahogar. La situación no estaba para bromas. Aunque tenía la duda de que si aún estaba soñando, y la emoción de ver a Andrés de nuevo le estaba jugando malas pasadas, el hecho de divisar una pequeña cosa verde, manchada del mismo escarlata que tinturaba la lluvia supo que había despertado hacía unas cuantas horas. Los gritos ya no eran tan irreales, dado que quiso unir el propio a los que ya estaban llenando el ambiente. Sintió una mano fría que le agarraba el brazo.
- ¿Qué está haciendo acá? Es peligroso.
El súbito contacto con otro ser humano lo sacó de sus cavilaciones.
- ¡Que se mueva! – Le terminó de gritar el otro.
Se limitó a mirar al policía que le empujaba, como esperando que éste también le ayudara a encontrar que decir. No podía articular ninguna palabra con sentido. Quería llorar. Sin embargo, sólo se limitó a señalar la cosita roja tirada en el suelo, cubierta además de sangre, de escombros y tierra.
-¡Váyase de acá! – Fue lo único que le contestó el policía.
Ahora, además de los gritos y lamentos de las personas, estaban las sirenas de las ambulancias y los pitos descontrolados del trancón. Sin duda, la explosión había traído el caos.
- “Que linda. Gracias”
- “De nada”
- “Ahora necesito otra cosa”
- “¿Qué?”
- “Que me regales un beso”
-“Bien, pero a cambio quiero un beso también”
- “Todo por los besos que quiero yo. Por no decir por los que muero yo”
-”Bien. Me alegra que le haya gustado la iguanita”
-“Está muy bonita…”
Mientras corría entre los policías, todo le parecía una completa mentira, o quizá no había llegado a probar el límite del dolor humano. Siempre pensó que lo podría soportar. Le atribuyó a su soledad un poder que ella aún no tenía, no lo podría abstraer de situaciones como esa. Aunque estos pensamientos le llegaban como ráfagas, lo único que tenía en mente era encontrarse con una buena noticia, así la realidad estuviera confabulada en mostrarle que estaba equivocado.
No estaba muy lejos de la pequeña criaturita ficticia antaño verde que él mismo había creado. Estaba cerca de su mano. “La trajo” El peso del dolor pudo haber sido el que doblegara su soberbia, y le hiciera arrodillarse. Pensó que quizá no era su mano. Quiso pensarlo, pero de nuevo la realidad le golpeó el rostro. Ya era demasiado, concluyó. Se limitó a esbozar una sonrisa y a sujetar la mano lastimada y sucia del inerte Andrés. Pero antes que pudiera llegar a tocarla, fue sacado del lugar por dos gendarmes bastantes alterados y molestos. Le hubiese gustado sentirlo por última vez, pero no opuso resistencia. Ya era demasiado.
Afortunadamente, no llegó a soltar su iguanita roja. Le había gustado.
Él Loco
Por miedo
Era la frase que se repetía, sin embargo, podría llegar a jurar que esperaba algo más. Quizá, era sólo una excusa para que se esforzara aún más. ¿Era una prueba? Ya no podría saberlo. Mario Benedetti y su “táctica y estrategia” habían sido insuficientes, o llegaron tarde, es una triste posibilidad. “Tengo miedo”, “hacerme y hacerte daño”, las frases empezaban a sonar hipócritas a medida que recordaba el hermoso rostro del joven que las pronunció. Sonrió tristemente al reconocer que era egoísta, pero se reconfortó al reconocer también que el amor lo es en parte. Acaso, ¿todo lo que sucedió fue real?
Las botellas de Smirnoff apiladas a los pies de la cama, parecían contemplarle, como si se sintieran culpables de haberle puesto en ese estado. El suelo estaba frío. “Afortunadamente - pensó, - las alfombras existen”. Eva Amaral no ayudaba mucho en permitir la lucidez de Antonio, pero si le brindaban posibilidades fantásticas de actuar frente a el dolor que llegaba a sentir, y que de manera escabrosa se alternaba con arranques de esperanza y alegría, producto de los recuerdos. Afortunadamente, o desafortunadamente, era una canción más entre tantas que tenía en su lista de reproducción. Siempre agradeció a la música el ser su compañera infalible.
“Quizá es que no se amar”. Buscarle explicaciones a algo que es inexplicable, en muchos sentidos, es una tarea absurda, pero le permitía distraerse. “No quiero que me lastimen de nuevo, quizá el miedo…” Recordó sus palabras con lágrimas en los ojos como contemplando una luz de esperanza, pero no pudo evitar reconocer que la fuerza de voluntad de Julián era más fuerte que la suya. Se sentía vulnerable, pero debía permitirse sentir en algún momento; lo necesitaba. Algo de lo que sentía le sonaba familiar en algún lado:
And I never found you on the ground
And I’ve never made a sound
‘Cause you are much too busy being free, no time to be with me
Ah, por supuesto, On the Ground de Eskobar. Eso tampoco ayuda.
Al punto de estar cansado de dormitar con los ojos dolorosamente enrojecidos, intentó levantarse. “…me impida estar contigo”. La cabeza le dio vueltas y tuvo que sujetarse de la silla para no caer de espaldas en el piso, casi sintió el golpe en las costillas. Pero ya nada importaba en realidad.
Con una mirada rápida, como si de esa manera pudiera abrir la puerta, recorrió la estancia al escuchar el timbre. No esperaba a nadie, o sí lo hacía, pero era a la única persona que esperaba que fuese con la seguridad de que nunca iría. Quiso ignorar el insistente sonido ring ring, pero le fue imposible, después de todo, el licor que había consumido no le fue suficiente al organismo para dejarlo abstraído del mundo, hasta al día siguiente. Debió tomar más.
Apenas medio sosteniéndose de lo que podía procuró llegar a salvo a la puerta, recorrido en el cual algunas de estas ayudas terminaron en el suelo. No había de qué preocuparse, podría recogerlas o botarlas luego.
Preparó la peor cara que tenía - que no era difícil, puesto que se caracterizaba por demostrar lo que sentía fácilmente - para abrir la puerta. Quizá una ráfaga de aire frio acompañado de una brutal sesión de baño con agua cuasi congelada hubiesen aminorado el vuelco que le dio el corazón al abrirla. ¿Cómo olvidar las prematuras entradas de calvicie, que en su cabeza acentuaban lo gracioso de su porte; el cabello con rayitos artificiales y ridículos, que parecía tejido cuidadosamente con hilos dorados; la sonrisa grande y perfecta, a la que sólo le restaba elegancia, mas no encanto, el amarillo incipiente de sus dientes, o la barba de días por la que muchas veces deliró en sueños; o los voluptuosos labios que, en los amorosos forcejeos llegaron a rivalizar con la pasión que despertaban los propios, y que él, Julián, aceptó de buena gana morir por ellos?
Como Santa Teresa, al desear morir en éxtasis a manos del ángel, Antonio deseo que su graciosa aparición, le tomara la vida de una vez por todas, sin explicaciones ni razones. Finalmente entendió que no se merecía sufrir tanto. La graciosa aparición no lo era más. Julián, en el umbral de la puerta producía en Antonio una extraña combinación de alegría y desconcierto, de tristeza y delicia, dolor y placer. Deseó abrazarlo, retenerlo, besarlo, cuidarlo, protegerlo; “el miedo no es obstáculo”, le encantaría repetir. Pero el rostro inexpresivo de Julián no le permitía hablar. ¿Tan ebrio estaba que no le permitía distinguir los perfectos rasgos de tan hermoso ser?
Sin embargo, el rostro de Julián cambió. Las lágrimas brotaron de sus ojos, como los poemas más hermosos. “Miedo”. Era su aparición graciosa la forma más bella que había contemplado hasta el momento. Y en un segundo, sus cuerpos se encontraron para recibirse el uno al otro, y dejar el miedo atrás.
De repente, la cálida sensación que invadía su cuerpo como una fiebre benévola fue opacada por un dolor en el costado, al momento en que Julián le abarco la cintura con sus brazos. Como una especie de niebla, el rostro del gracioso Julián se fue dispersando, a medida que el dolor en el costado se hacía más intenso. Lucho por incorporarse y encontrar de nuevo el cuerpo del amado, pero se sentía impotente, sus brazos no le respondían, y el dolor no lo dejaba moverse como alguien razonablemente ebrio podría hacerlo.
A medida que su viaje hacia el suelo llegaba a su fin, el vértigo fue condicionando el cuerpo para ser despertado de golpe. Zarandeó el brazo hacia el frente solo encontrando golpearse con la silla que fuera su aparente apoyo al levantarse, y que, ahora estaba en el suelo, junto con él. El dolor en el costado le hizo girar, para darse cuenta que estaba sobre las botellas cómplices de su inocentada. Algunos cristales rotos, y sangre emanando de su costado. Alcohol en la sangre, y algunos cristales también en su cuerpo. Afortunadamente el sueño no duró mucho.
Al terminar de la semana, las heridas ya habían sido tratadas. Aunque en realidad, la más importante de todas estaba empezando a sanar.
Él Loco

